domingo, 6 de marzo de 2016

Cien años de Verdún

Hace unos cuantos años, en este blog intercalaba diversas efemérides según iban surgiendo. Ha habido un poco de todo, pero la costumbre decayó y ya no consigo recordar cuándo fue la última vez que la Historia (con mayúsculas) fue protagonista de Historias de Iramar. Hoy, cuando se ha cumplido recientemente un siglo del inicio de la batalla de Verdún, es un buen momento para volver a los orígenes.

No deja de ser truculento que el objetivo alemán de la ofensiva del 21 de febrero de 1916 no fuera otra cosa que infligir un número de bajas elevado al ejército francés que lo dejara tiritando, para así poder concentrarse en derrotar definitivamente a los rusos. O sea que nada de territorio y ningún objetivo primordial, sino que los soldados alemanes mataran más rápido de lo que morían. 



Para ello, el estratega alemán Erich von Falkenhayn supuso que llevando al ejército francés a un punto del cual no pudiera retroceder, por motivos estratégicos o de orgullo nacional, llevaría a una situación en la que sus chicos pudieran poner en marcha un picadero de carne. 

Con estos antecedentes no es de extrañar que las bajas fueran abrumadoras para cualquiera que se informe: más de un cuarto de millón de muertos y cerca de medio millón de heridos entre ambos bandos. 

Si además leemos que se dispararon más de 23 millones de proyectiles de artillería y que en algunos puntos estallaron cincuenta proyectiles por cada metro cuadrado de terreno, nos haremos una composición de lugar bastante aproximada de lo que supuso Verdún. 

Pensemos ahora que Verdún fue una batalla que discurrió durante meses en paralelo a la batallad del Somme, en la que ambos bandos tuvieron unas bajas de aproximadamente un millón de hombres entre muertos y heridos (solo el primer día, 1 de julio de 1916, fallecieron cerca de veinte mil británicos). 


Cifras abrumadoras, muy diferentes a lo que es la guerra hoy en día, con operaciones a distancia casi quirúrgicas en las que cada baja propia se ve como una tragedia. Pero en 1916 la guerra estaba en manos de hombres que, en su mayor parte, veía a los propios como peones sacrificables (en el más amplio sentido de la palabra) en aras de un fin mayor: el honor de la nación. 

Solo han pasado 100 años de todo aquello. Conceptos como la Paz Armada nos llevaron después a la Guerra Fría que atemorizó el mundo durante treinta años. Nunca antes tuvo la especie humana tal capacidad destructiva, pero en los campos de Verdún (y del Somme o Ypres), se demostró que la inventiva humana para la destrucción va más allá de cualquier previsión: tanques, aviones, ametralladoras, artillería, guerra química... La industrialización del horror.

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